Cada mes de enero, las Fashion Weeks masculinas inauguran la temporada, dando una idea de lo que nos deparará el año. En Milán, esta edición ha estado marcada por los contrastes: por un lado, Dolce & Gabbana, fiel a su tradición provocadora; por otro, Prada, que explora de manera sutil el tiempo, la memoria y la durabilidad de las prendas. En medio de debates mediáticos y propuestas introspectivas, la capital lombarda ha evidenciado las tensiones persistentes entre herencia y responsabilidad. La muerte de Valentino Garavani el pasado lunes culmina esta edición, poniendo de relieve la influencia perdurable de la casa italiana.
Dolce & Gabbana, el eterno despropósito
Aunque la inclusividad se está imponiendo como una palabra clave en la industria de la moda, la realidad es todavía muy diferente. Si bien las mentalidades parecen evolucionar, lo hacen a un ritmo que contrasta con la velocidad de circulación de las imágenes y los discursos. En Dolce & Gabbana, esta disonancia parece formar parte del ADN de la casa. Cada nueva colección reaviva las mismas controversias, dando la impresión de que la marca nunca está en fase con los retos de su tiempo.
Esta temporada, la colección The Portrait of a Man anunciaba, al menos en teoría, una intención clara: «No existe una única manera de ser hombre. Existen infinitas posibilidades y cada una merece su retrato». Una declaración inmediatamente contradicha por un casting compuesto exclusivamente por modelos blancos. Algo difícil de justificar teniendo en cuenta que la colección reivindicaba precisamente la inmensa variedad de las masculinidades.


La crítica se ha hecho rápidamente eco del asunto. Lyas, influencer y experto observador del sector, ha resumido con una ironía mordaz las 110 siluetas presentadas: «50 sombras de blanco». La polémica se ha intensificado cuando Bella Hadid, activista y modelo, ha denunciado públicamente el apoyo que una parte del sector seguía brindando a la marca. Y no ha sido la única: numerosas figuras del mundo de la moda, así como de la música, se han pronunciado al respecto.
Este nuevo episodio se inscribe en una serie de escándalos que han ido aislando progresivamente a Dolce & Gabbana en el mundo de la moda. Aunque la marca mantiene una visibilidad cultural y mediática considerable, da la impresión de haberse anclado en otro tiempo, a contracorriente de las expectativas actuales que están transformando el mundo de la moda.
Prada elige el tiempo como materia prima
Al contrario que Dolce & Gabbana, Prada ha llevado a cabo una reflexión más serena, casi introspectiva. Bajo el impulso de Miuccia Prada y Raf Simons, la colección presentada en la Fondazione Prada estaba compuesta por siluetas ajustadas, deliberadamente sobrias, solo alteradas por una serie de detalles disonantes: cordones de colores en los botines, mangas de camisas desgastadas, cinturones rotos, trenchs arrugados y gemelos sorprendentes.
El vestuario, en su mayoría oscuro y estructurado, dejaba entrever algunos toques de color, en particular a través de los cuellos en forma de U, que han remplazado a los convencionales cuellos de pico. Detrás de esta aparente sobriedad, la colección transmitía sobre todo un mensaje contundente: el de la durabilidad. Conservar, reparar, transmitir. Llevar prendas marcadas por el tiempo como si se llevara una memoria. Una reflexión casi política, en contraposición a la aceleración permanente de la moda.


Sin embargo, algunos espectadores también han señalado una contradicción en este desfile. La extrema delgadez de los modelos, acentuada por el corte ajustado de los abrigos, que ha interferido en una lectura positiva del discurso. Si bien Prada preconizaba la resistencia al desgaste y a la obsolescencia, la imagen proyectada transmitía una idea de restricción, e incluso de privación, que interfería con la fuerza del mensaje inicial. En TikTok, algunos usuarios no han dudado en calificar la colección como un «cosplay de los pobres», poniendo en evidencia hasta qué punto la percepción digital puede transformar y, en ocasiones, desviar el sentido de una intención creativa.



Como colofón de esta Fashion Week de Milán, el fallecimiento de Valentino Garavani, figura icónica de la elegancia italiana, que recordó la importancia de la memoria y de la transmisión en una industria en constante transformación. Sin embargo, entre provocaciones mal calibradas y discursos desacordes con las imágenes, esta semana ha revelado, sobre todo, una dificultad persistente: la de conciliar intenciones, imágenes y responsabilidades. Milán se encuentra hoy en día, más que nunca, en una verdadera encrucijada: honrar un pasado prestigioso sin anclarlo en el pasado, respondiendo a un presente exigente que ya no se conforma con símbolos vacíos. La cuestión es la siguiente: ¿la moda italiana sabrá avanzar sin tropezar con sus propias contradicciones?
Artículo de Julie Boone.








